Podría decirse que la contemplación de las nubes nos pone delante un mundo donde hay tantas formas como movimientos; los movimientos le dan formas, las formas están en movimiento y el movimiento las deforma siempre. Es un universo de formas en continua transformación.
Charles Baudelaire
Este movimiento de turbulencias es en últimas la mejor forma de hacer referencia a millones de sistemas complejos y de redes de intermitencias que no señalan la linealidad en las formas, sino que se comprenden a sí mismas como la única forma de abstracción posible, ya no desde la reducción de las formas, sino desde la posibilidad de concebir la abstracción como una forma de complejizar y solucionar en un mismo lugar un problema. “El jardín de los senderos que se bifurcan”, de Borges, es por ejemplo una obra que, como las palabras de Baudelaire, colocan a Borges en una posición de referencia a formas de interacción y de representación de la complejidad, lejanas a su tiempo pero no a sus formas. Algo así como una autorreferencia para el cuento que en sí mismo habla de la ausencia del tiempo para llegar a él; así sucede cuando se encuentra la relación entre Borges y las redes de comunicación y a la vez las futuristas formas de concebir el mundo desde simulaciones y los caminos hipertextuales.
Uno de los pensamientos más intensa y poéticamente descritos por Baudelaire, es precisamente una mirada que podría sin esfuerzos ser intervenida por un sentido fractálico, caótico. Replantear desde lo que poéticamente tiene un sentido y científicamente otro, una solución, un punto de unión y de convergencia es precisamente lo más interesante de cualquier intento de comprensión desde lo matemático del arte.
Como única lógica de las redes complejas, no lineales e indeterminadas, como única posibilidad en una creación de un sistema de pensamiento, todos en un mismo lugar, opcionándose miles de nodos paralelos para nuestro encuentro e interacción.Así, ¿qué tanto se le puede aplicar a la literatura? el tema de los laberintos, de la narración no lineal, etc. se convierten en temas no sólo poéticos sino también abiertos al flaneur que como buen caminante podrá expandirse hasta los diferentes territorios que el entendimiento y la experiecia permiten.
Recuerda entonces a las redes de películas como Ghost in the Shell y nos hace pensar en simulaciones únicamente extendidas hacia las posibilidades máximas del caos, el movimiento y las interfases imaginario, de un lugar-no lugar, de la deriva constante.
Un laberinto como el de Borges recuerda las concepciones de los espacios lisos y estriados que allí comparten un techo, es decir, si se trata de tomar el concepto de una deriva en las decisiones de un sujeto cuyas posibilidades se vuelven infinitas pero su solución se encuentra en sí mismo, un espacio liso es el único posible; el jardín es entonces el impulsor de la potencia del aprendizaje de un sujeto en permanente encuentro con el amparo de una opción y el abandono de otra; el recogerse y expandirse sin la presente generación de hábitos que viene después del aprendizaje: sigue en constante cambio. “Es querer seguir siendo lo que eres aquello que te limita” se escucha en Ghost in the Shell.
Porque lo más interesante no es entonces entender el algoritmo como una solución a un problema, sino una solución-problema, así dispuesta por replantear lo que significa el "problema" en sí.
“Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos (…) usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo esas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.” (Borges, s.d, pg.312)
Una forma más de cada paralelo que responde:
¿A dònde irá la recién nacida? La red es infinita.
Ghost in the Shell